Basura Espacial
Que la vida es un deporte de riesgo no lo duda nadie. Decía un amigo mio que la vida es la primera causa de muerte y no andaba nada descaminado aunque pueda parecer un tanto dramático. Lo cierto es que el simple hecho de estar vivo ya presupone un peligro constante de dejar de estarlo en función de enfermedades, desastres naturales, casualidades y quien sabe cuantas cosas mas. La vida en “lo general” siempre se impone pero en “lo particular” siempre está a prueba.
La verdad es que no queremos entrar a analizar la precariedad de la existencia como tal pero no podemos evitar pensar que es una lástima que, a ese riesgo inherente a la vida, le añadamos un montón de puntos por nuestro descuido o nuestra avaricia. Incendios provocados, tala indiscriminada de árboles, mala gestión de residuos, explotación exhaustiva de recursos y una lista interminable de agresiones al medio que incuestionablemente terminan por perjudicarnos directamente a nosotros.
De toda esa lista de barbaridades medioambientales que podemos cometer hay una que últimamente está dando más noticias de las deseadas y es, ni más ni menos, que el problema de la basura espacial. Cuando miramos al cielo apenas percibimos nada y el único peligro que vemos está en esas masas oscuras de contaminación que han pasado a formar parte de nuestra dieta respiratoria habitual. Quitando algún que otro avión despistado, nada parece que amenace nuestra existencia.
Sin embargo, el hecho de que no lo veamos no quiere decir que no exista. Escondidos a una altura tal que los hace inapreciables a simple vista se encuentran los satélites artificiales. Ingenios que, poco a poco, hemos ido poniendo en el cielo y que nos hacen la vida más fácil y, sin lugar a dudas, más divertida.
Claro que acostumbrados a las afirmaciones poéticas de los nuevos tecnólogos y a las imágenes que recibimos en casa de estos ingenios navegando solos en sus orbitas, caemos fácilmente en la tentación de pensar que tropezarse con un satélite en el espacio es mas difícil que encontrar una aguja en un pajar. Nada más lejos de la realidad. Satélites meteorológicos, de comunicaciones, militares, de investigación, pruebas fallidas, equipos desechados, restos de lanzamientos… la lista es tan interminable que, de repente, el cielo se nos ha vuelto algo un poco más apocalíptico y amenazador. Las orbitas habituales de todos estos ingenios están empezando a parecerse a autopistas en hora punta sin visos de solución.
Lo cierto es que meterse en temas de cifras es bastante complicado pero circula por ahí que son 22.000 los objetos que orbitan la tierra con un tamaño lo suficientemente grande como para ser monitorizados desde la tierra. De los pequeños ni hablamos. Solo el destrozo por parte de China en 2007 de una sonda meteorológica, por aquello de probar un arma anti satélite, produjo la friolera de unos 150.000 objetos del tamaño superior a un centímetro.
La progresión puede ser alarmante si tenemos en cuenta que cada colisión de esta basura entre si puede producir miles de nuevos residuos que pasan a formar parte de ese circo tan siniestro que orbita sobre nuestras cabezas. De hecho, hay quien contempla la posibilidad de que países con la suficiente tecnología se encarguen de llenar de basura las orbitas de los satélites a fin de inutilizarlos con fines estratégicos. El hombre y sus grandes ideas… otra vez.
Esta claro que alguien nos podría tachar de alarmistas si no fuera porque, de un tiempo a esta parte, nos asaltan con bastante frecuencia las noticias de las caídas de ingenios espaciales obsoletos sobre la superficie de la tierra o de los problemas de las tripulaciones de la ISS que ya han tenido que ser “evacuadas” ante el posible riesgo de colisión con restos espaciales.
Supongo que, in extremis, alguien podría decir que, hasta que se documente la caída de un objeto sobre una persona, todo son meras especulaciones. De hecho, la enorme superficie de agua de nuestro planeta puede ser un cementerio estupendo para los residuos espaciales que estarían lejos de sembrar el pánico en lugares habitados. Lamentablemente esto no es suficiente y ya tenemos registrado el primer impacto de un residuo espacial sobre un habitante de la tierra. El encuentro fue en 1997, en Oklahoma, y nuestra perjudicada terrícola fue Lottie Williams.
Lottie se encontraba paseando por un parque de Tulsa con dos amigos cuando, hacia las 3 de la mañana vieron una gran bola de fuego cruzando el cielo. Lógicamente pensaron en una estrella fugaz y cuando Lottie sintió el golpe sobre su hombro pensó en el impacto de un trozo de esta estrella. Según cuenta, tenia el aspecto de una pieza de tela que, sin embargo, sonaba a metálico.
La cuestión es que el objeto fue analizado y se llegó a la conclusión de que era parte de un cohete Delta II, lanzado por un satélite de la Fuerza Aérea de los EEUU en 1996. Lottie Williams afirma que habló con la Nasa y que incluso recibió una carta del Subsecretario de Defensa pidiendo disculpas por lo sucedido.
Anécdotas aparte, lo preocupante de todo esto es que los científicos no tienen nada claro como atajar este problema. Cada día hay mas ingenios orbitando la tierra y esto produce constantemente residuos que amenazan con terminar lloviendo sobre nuestras cabezas. Salvo monitorizar los más grandes, para tener un cierto control sobre ellos, y esperar que los pequeños se vaporicen en la caída, poco más han dicho al respecto.
No deja de ser una fina ironía comprobar que Abraracurcix no andaba descaminado cuando decía que su único temor era que el cielo cayera sobre su cabeza y eso que, en aquel entonces, la meteorología se servía de los dolores de rodilla de los pastores y las noticias se difundían en cuadriga por las calzadas romanas.












Cuanto tiempo sin una entrada en el blog. Se echaba mucho de menos. Gracias.