Nuevas Naves Espaciales

 

      La figura de los transbordadores espaciales norteamericanos ya es un icono de la navegación espacial. A lo largo de los años nos hemos acostumbrado a ver como estos grandes y característicos “aviones” acompañaban los logros de la carrera espacial impresionándonos con sus despegues, sus aterrizajes y sus maniobras en órbita para ese sinfín de proyectos que ocupa a la comunidad espacial desde hace tanto tiempo.

 

      Muy diferentes en diseño a las naves rusas, consiguieron dar “otro aire” a la exploración espacial acercando a la realidad esa visión de ciencia ficción que los humanos tendremos siempre asociada al espacio. Transbordadores que transmitían una intensa sensación de poderío tecnológico que resultaba especialmente significativo cuando los veíamos evolucionar descargando material en órbita o dando soporte a los astronautas cuando han realizado los increíbles paseos espaciales de los últimos años.

 

      Supongo que las películas y las novelas que anticipan nuestro futuro no han tenido que esforzarse mucho para acercarse a la realidad imaginando que las enormes naves espaciales se construirán fuera de la tierra y que tanto materiales como tripulaciones accederán a ellas mediante transbordadores o lanzaderas de cualquier tipo. Algo parecido a esas líneas de metro o autobús que nos acercan a los aeropuertos cuando estos, por razones obvias, no pueden estar cerca de los núcleos urbanos.

 

      Sin embargo, la historia de los transbordadores de la Nasa no ha sido precisamente un camino de rosas y ha venido salpicada de terribles accidentes que los han tenido parados en algunas ocasiones y que han precipitado su evolución a diseños menos problemáticos. Los desastres del Challenger en 1986 con la perdida completa de su tripulación y el del Columbia en 2003, cada uno con siete tripulantes, sobrecogió al mundo entero recordándonos que los viajes espaciales son bastante más complejos y peligrosos de lo que nos hace creer Hollywood.

 

      Sea como fuere, la Nasa decidió jubilar los transbordadores y dar un paso adelante en la navegación espacial con nuevos diseños que se encuadrarían en el nuevo proyecto “Constelación”. La nueva nave se llamará Orión y el cohete que la alejará de nuestra superficie será el Ares I. Todo un nuevo paso adelante que, como todos, está envuelto en la controversia científica, los problemas económicos y las maniobras políticas habituales.

 

      Se prevé que este nuevo proyecto este operativo para el 2015 y, hasta entonces, la Nasa se verá obligada a utilizar las Soyuz, el transporte espacial ruso, para acceder y continuar su trabajo en la Estación Espacial Internacional. Supongo que debe ser un serio golpe a la dignidad nacional americana esto de tener que “ir a trabajar en el coche del vecino” mientras vemos la forma de apañar nuestro propio transporte. Menos mal que la guerra fría acabo y la cooperación entre Rusia y Estados Unidos en materia espacial camina por buenos senderos.

 

      Lo curioso de las nuevas naves es que, de alguna manera, se ha vuelto a los antiguos diseños y que nuestra flamante Orión es muy parecida a las viejas Apolo aunque, eso sí, con notables diferencias. De hecho, volvemos a situar los módulos en la punta de un cohete abandonando esa forma familiar de avión que tenían los transbordadores. Esta opción es la que siguen utilizando las naves soviéticas que no se abandonaron a novedosas evoluciones manteniendo lo que funcionó bien desde el inicio de la carrera espacial.

 

      De cualquier modo hay que precisar que la nueva nave solo se parece a la antigua en su forma y poco más. De entrada el tamaño es bastante más grande y pasa de los 3,9 metros de diámetro por 3,5 de altura del Apolo a los 5 por 3,3 metros de la nueva. Este aumento de tamaño le permitirá pasar de los tres tripulantes que cabían en la antigua Apolo, y en la actual Soyuz, a cuatro o seis astronautas.

 

      Por otro lado, la ciencia no ha evolucionado en balde y el equipamiento de estas naves será mucho más sofisticado que las anteriores pensando, además, que la vista ya está puesta en la vuelta a la Luna y en la exploración de Marte como objetivos inmediatos. Sí, la Nasa tiene esos objetivos pero no nos alegremos demasiado porque ya sabemos que esto de la inmediatez, en los proyectos espaciales, es tan relativo que estamos convencidos de que no viviremos para ver al primer hombre pisando Marte.

 

      Nuevas naves, nuevos proyectos. La humanidad colaborando en una empresa común. A veces pensamos que todavía tenemos arreglo pese a ese descorazonador panorama que nos dibuja el telediario cada día. Quien sabe, tal vez solo sea cuestión de tiempo que abandonemos nuestro primitivismo genético y dejemos de “meternos el dedo en el ojo” unos a otros para vivir “de otra manera”. Otra cosa que nos moriremos sin ver.

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~ por perseidas en 21 febrero 2011.

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